odanddemboysod

La escena es trágica, Ulises escucha al poeta ciego, Demódoco, cantar la epopeya troyana frente a la corte real y recuerda emocionado, al punto del llanto, la legendaria victoria que lo puso cara a la eternidad.  Aquel héroe de la épica homérica, es descrito por su creador como la personificación de la areté, la virtud, la perfección humana lograda a través de la fortaleza en la batalla.

Ya en la época clásica, Aristóteles hará de la virtud la piedra de toque de toda la “Ética Nicomaquea”. La virtud, afirma el estagirita, es “una determinada disposición de la mente para la elección de acciones y emociones… tal como un hombre prudente lo haría”. En la época moderna, Thomas Carlyle asumía, sin ambages, en su preclara exaltación de las virtudes de los héroes, que “el hombre sólo vive si tiene algo en lo cual creer”. Tiempo después, José Ortega y Gasset afirmaría junto con los clásicos latinos que el hombre elegante es aquel que sabe como actuar y sabe que decir en el momento adecuado, debido a la eligere, a la elección rigurosa de cada uno de sus actos.

No es el cumplimiento del deber como afirma la deontología, ni la obtención de un beneficio-placer como lo afirma el utilitarismo. Si el hombre se decide a actuar, entonces la virtud es el punto de referencia obligado en el sistema ético.



No Responses Yet to “Una brevísima disquisición sobre la virtud”  

  1. No Comments Yet

Leave a Reply