En alguna ocasión G.K. Chesterton dijo que: “El mundo monderno está dividido en conservadores y progresistas. La tarea de los progresistas es seguir cometiendo errores. La tarea de los conservadores es evitar que los errores sean cometidos”. Hace unos días, el 8 de septiembre para ser precisos, conmemoramos un aniversario luctuoso más de quien fuera uno de los grandes pensadores políticos mexicanos del siglo pasado, me refiero a Carlos Castillo Peraza. Él fue uno de los hombres a los que refería Chesterton como conservadores, que intentó corregir la nefasta impronta del nacionalismo revolucionario en la construcción del Estado mexicano contemporáneo. Difusor de la democracia y los derechos humanos, católico y político, padre de familia y líder sincero, Castillo Peraza fue el “Maquiavelo moral” (en la veta del Maquiavelo republicano de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio) que pensó que la ética del perdón y la reconciliación era la vía apremiante y necesaria para la refundación democrática de México (y de cualquier país que integre a su sistema normativo el ethos democrático). Frente al odio, la repulsión, el sectarismo y la violencia de la izquierda, él entendió a la política como un instrumento útil para la construcción del bien común. Que mejor que leer su obra para recordarlo:
Hemos vivido muchos años en México como un país de sobrevivientes. Un país donde debe haber diez santos, treinta estoicos y sesenta masoquistas que en México no han sido contaminados por un sistema que nos ha obligado a todos a sobrevivir como podamos.
Si empezamos a tirar hilos en una operación mani pulite –manos limpias- no se quien va a cerrar la puerta. Entre la mordida, la pasada de la aduana, el llamar para que un amigo bien ubicado le consiga plaza a un hijo o a un primo, todos hemos puesto la mano en esto. Perdón, regularmente no todos, pero si casi todos.
Pero como resolución global para el problema del país creo que no nos queda otra que refundarlo con un acto con un acto público y colectivo de contrición y de perdón. Si no, no vamos a poder volver a empezar. Y va a pasar lo que decía Maritain “aquí no habrá un camino real, sino una volteada de estiércol” Yo recuerdo -porque soy sesenta y ochero- que cantábamos guitarra en mano: “Cuando querrá Dios del cielo que la tortilla se vuelva, que los pobres coman pan y los ricos mierda, mierda”. Y no nos dábamos cuenta que esto era solo darle la vuelta a la misma cosa, pero no había cambio alguno. Y tiene que haber un cambio: así no podemos seguir.
Es complejo lo del perdón y la reconciliación, pero creo que es el único punto de partida moral que puede sustentar una política a futuro. Miren, la palabra perdón es terrible, pero también es bella. No hay ningún idioma occidental en el que la palabra perdón no quiera decir dar; perdonare, pardonner, to forgive, vergeben; y el acto de dar es el único acto fundacional; ético que puede haber en el mundo. Esta es una convicción personal que puede ser errónea; seguramente es compleja en su aplicación, pero no veo como un país embadurnado durante sesenta años como el nuestro, pueda empezar sin decir: “aquí le paro, no vuelve a pasar, y si pasa después, castigo”. Pero tenemos que pintar una raya, porque sino vamos a estar removiendo el estiércol por toda la eternidad. Y lo único que vamos a lograr es que cada seis años pasen del pan a la mierda y de la mierda al pan los que estaban del otro lado. Perdón, pero así es.
Finalmente, no los aburro más. Esto es una especie de despedida. Yo soy un católico bastante malo. No lo oculto. Pero yo no puedo decir que el catolicismo es malo. Creo que tiene grandes aportaciones. Hace algunos años, cuando andaba yo con temperaturas espirituales superiores a las que padezco ahora, asistí a una conferencia de un hombre, que debe ser uno de los diez santos. Un religioso. Y era una conferencia sobre la Virgen María, que parece que no es muy apta para legisladores. Se preguntaba ese hombre por qué los católicos podían llamar a la Virgen “Señora Nuestra” Señora, es decir, líder. Una muchacha humilde, sencilla. Cuando se le pierde el hijo, -recordaba- éste le dice: “y a Ti que te importa, yo tenía que ocuparme de lo mío” y cuando lo de las bodas de Caná le dice: “y a Ti que, no es Tu asunto” y todavía va camino a la cruz y la hacen a un lado. Señora, entonces ¿Cómo? ¿Cómo si ella no se considera la señora sino la esclava, la sierva?
Y la conclusión de ese hombre, que a mi me ha servido desde entonces para efectos de liderazgo político, es que se le puede decir “Señora Nuestra”, porque Ella fue señora de si misma. Y fue señora de sí misma, porque siempre consideró que esas cosas humillantes que le pasaron, eran lo que Ella merecía. Y por eso, fue dueña, señora de sí; porque consideraba que no merecía nada, y que por lo bueno que le tocara solo tenía que profesar gratitud.
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Carlos Castillo Peraza; lo extrañamos en el PAN