El béisbol, otrora llamado el “rey de los deportes”, el día de ayer nos legó una noche memorable con el Juego de las Estrellas celebrado por última ocasión en el Yankee Stadium (llamada “la casa que Babe Ruth ayudó a construir” debido a que gracias a los batazos del bambino, que hacían llenar el estadio, fue posible terminar de construirlo) . Sorprende a cualquiera la intensidad patriótica, que se traduce en una suerte de civismo deportivo, con la cual se desenvuelven las ligas profesionales deportivas dentro de los Estados Unidos.

En torno a la bandera nacional, se desarrolla un ritual que me hizo recordar la épica olímpica de los juegos de la antigüedad: el himno nacional entonado por los jugadores actuales y los integrantes del Salón de la Fama de las Ligas Mayores, me hizo entender el valor de la experiencia para la nación americana; el God Bless America cantado simultameante por los aficionados me reveló el rostro cristiano de la nación nortemearicana que el establishment liberal se niega a reconocer día con día y el verdadero sentimiento fraternal con que se jugó el juego me hizo comprender al melting pot que son los Estados Unidos.  El día de ayer, entendí el porqué Henry de Motherlant señalaba al deporte como la única posibilidad de recuperar la épica en el mundo moderno.



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